jueves, agosto 14, 2008

Epifanías en viaje



Siempre se dice que cuando se emprende un desplazamiento geográfico, se realiza también un viaje personal o interior, en donde en vez de descubrir nuevos parajes de algún nuevo país o ciudad se hallan, quizá por primera vez, aspectos de la personalidad propia que se habían mantenido ocultos. A veces, incluso, se descubren las razones por las que esos aspectos se habían mantenido ocultos y salen a la luz con toda la luz del mediodía, como hubiera dicho Mauricio Wacquez. Y a esto es lo que conocemos como epifanía o descubrimiento significativo.
Joseph Conrad, un escritor que hizo del viaje una epifanía narrativa, recuerda en “Crónica personal” lo que pudieron haber sido sus últimas vacaciones, cuando sólo contaba con dieciséis años: “Fue en el jubiloso año de 1873, el último año de mi vida en que gocé de unas jubilosas vacaciones. Después, sí, ha habido años de holganza, en cierto modo jubilosos, que no han pasado sin dejar en mí su lección, si bien este año del que quiero hablar fue el año de mi última vacación escolar”. Conrad cuenta que cuando se encontraba recorriendo Suiza junto a su tutor, paró en un hostal que a primera vista le pareció desolado, pero que a la mañana siguiente resultó estar repleto de ingenieros ingleses contratados para las obras de un túnel. Aquella mañana fue la primera vez que Conrad escuchó el acento inglés de pueblo, el mismo que luego volvería a escuchar en un sinfín de viajes de boca de marinos ingleses, escoceses y galeses. Esta anécdota resulta relevante para este escritor de origen polaco, ya que él adoptó el inglés para escribir, pese a que dominaba el francés y el polaco: “En mi caso el inglés no fue producto de una elección ni de una adopción”.
Tanto Joseph Conrad como otros escritores han sido víctimas de epifanías durante algunos viajes. Para Ernest Hemingway fue fundamental la Primera Guerra Mundial, en la que trabajó como corresponsal de guerra y terminó quedando herido en una pierna. También lo será la Festividad de San Fermín, en Pamplona. De ambos viajes surgirán sus dos primeras novelas: “Fiesta” y “Adiós a las armas”.
La enumeración de escritores que han vivido sus epifanías durante viajes, como Miguel Serrano o Jack Kerouac, podría ser interminable, así es que será mejor cambiarnos a otra disciplina, como las artes visuales. El más conocido viaje que hizo Paul Gauguin fue a Tahiti, en donde el paisaje y sus habitantes influyeron en su pintura de forma determinante. Pero Gauguin también estuvo en Sudamérica, más específicamente en Río de Janeiro, Puerto Hambre, Iquique y Lima. De esta última cuenta en sus “Diarios íntimos” lo siguiente: “Tengo una notable memoria visual y recuerdo esta época de mi vida, nuestra casa y tantas otras cosas que ocurrieron; el monumento en la Presidencia, la iglesia, cuyo domo era de madera tallada. Veo todavía a la negrita que, como era costumbre, llevaba a la iglesia la pequeña alfombra sobre la que nos arrodillábamos para rezar”.
Pero tal vez el viaje más relevante para mi vida como escritor sucedió en el verano de 1986, cuando con dieciocho años pasé mis primeras vacaciones sin mi familia. Recuerdo que junto a cuatro amigos fuimos en dos autos a Vichuquén y que llevamos un láser y una lancha. Nos instalamos en un camping y participamos de una competencia o “gymkana”, que organizó el camping para que no nos aburriéramos. Recuerdo que tuvimos que presentar un espectáculo, un circo o algo así, y que en vez de payasos, ofrecimos a unos milicos desfilando. Recuerdo chicas yendo a nuestro sitio, el 29, y la vez en que conduje la lancha y casi atropellé a un nadador o la ocasión en que casi me ahogué. En fin, fueron tantos recuerdos que, cuando llegué al departamento de mi familia en Viña del Mar, tuve la tentación de escribirlas. Antes me había sido impensado que las cosas que pasaban podían escribirse. Pero había descubierto algo, y eso sería determinante con los años.

martes, agosto 05, 2008

El imperio y Aguinaldo


Henry Adams y John Hay son dos conspicuos personajes de la novela “Imperio”, de Gore Vidal. Ambos se codean en Inglaterra con el escritor de cabecera de José Donoso, Henry James, pero Hay recibe una oferta para trabajar con el Presidente McKinley quien, al igual que Lincoln, será asesinado. El libro –ya se ve venir– trata del momento en que Estados Unidos decidió convertirse en imperio en 1898, declarándole la guerra a España y luchando por la “libertad” de Cuba, de Puerto Rico y de Filipinas.

Henry Adams y John Hay parecen personajes históricos, aunque perfectamente podrían ser personajes ficticios de este libro. En cualquier caso, eso no importa, ya que la credibilidad se impone página a página. En un pasaje, Adams y Hay sostienen un diálogo sobre la contingencia que se vivía en aquella época: “El hemisferio occidental debe quedar libre de la influencia europea”, asegura Adams. “Ahora, España ha desaparecido del todo de nuestro hemisferio, igual que los franceses y, prácticamente para todos los efectos, los británicos. El Caribe es nuestro definitivamente”.

Pensar en el mundo como un tablero de ajedrez es el primer síntoma de que Estados Unidos ya se sentía o se conducía como un imperio. Pese a ello, lo que más complica a estos personajes es “ese joven Aguinaldo”, a quien todos siguen en Filipinas, porque tiene ansias de independencia.

Hasta este punto, debo confesar, el único aguinaldo que conocía era aquella bonificación anual que mi madre recibía producto de una pensión alimenticia decretada por un juzgado en su favor. Jamás se me había ocurrido que Emilio Aguinaldo era un revolucionario filipino, que a los diecisiete años ya era un dirigente en su barrio Banikayan, que a los veinticinco ya era “capitán municipal” y que un año más tarde ascendía al generalato de Katipunan, una organización secreta patriótica que tenía por fin liberar a Filipinas del yugo español. Luego, Aguinaldo fue electo Presidente, pero cuando España cedió Filipinas, volvió a la lucha contra los nuevos ocupantes hasta la Segunda Guerra Mundial, donde colaboró con los japoneses. En síntesis, Aguinaldo fue un guerrillero a la altura del Che Guevara o superior a él, puesto que se enfrentó por más de cuarenta años a dos países, uno que estaba dejando de ser imperio y otro que estaba en vías de serlo.

Pero será mejor no desviarnos y volver a esta novela publicada en 1988 y centrarnos en una discusión entre McKinley y Hay, su asesor, quien trata de convencer a su Presidente sobre la importancia de Filipinas, esgrimiendo argumentos de política exterior muy actuales. “Si estuviéramos atrincherados cerca, en las Filipinas”, dice Hay, “mantendríamos las rutas marítimas abiertas con China, impediríamos que los alemanes, los rusos y los japoneses alteraran el equilibrio del poder mundial”. A lo que McKinley responde: “Nunca quise esta guerra. Naturalmente, quería echar a los españoles del Caribe, y eso ya lo hemos hecho. Ahora Cuba es un país libre; y si los portorriqueños pudieran autogobernarse, también los dejaría libres”.

Habitualmente los imperios cuentan, o mejor dicho se cuentan a sí mismos estas historias, repletas de buenas intenciones, de que en realidad no querían eso, pero el concepto de imperio finalmente se contradice con las buenas intenciones. Dicho de otra manera, el camino al imperio está lleno de buenas intenciones. El imperio domina, impone su autoridad, pero también extiende sus territorios y sus ideologías. De hecho, McKinley acepta quedarse con Filipinas porque ve la posibilidad de evangelizar a unos “bárbaros”, argumento que también ha sido usado por el imperio romano y por el español para todos los pueblos aborígenes de América.

Hoy, el imperio del que habla Gore Vidal continúa evangelizando, pero ya no desde la fe, sino desde la economía, Internet, el cine, la literatura, Los Simpsons o cualquier otro elemento cultural. Diariamente, cuando revisamos nuestros correos, recibimos esta evangelización. Y no existe Aguinaldo ni otro revolucionario que se oponga. Estamos solos, perdidos y carentes de ideologías,… hasta que alguien levante el dedo y diga lo contrario.

miércoles, julio 23, 2008

La belleza como droga


El diccionario filosófico de mi amigo no consigna el término belleza, aunque sí lo bello, cuya definición planteada por Kant comparto a continuación: “Lo que causa en ciertos hombres emociones sui generis llamadas emociones estéticas”. Esta definición podría complementarse con una entregada por Flaubert cuando tenía veintitrés años: “Se diría que estamos hechos para soportar sólo cierta dosis de belleza, un poco más nos fatiga”. Uno podría seguir interminablemente entregando definiciones de otros autores, pero a eso se dedica la estética, el estudio sistemático de la belleza. Por el momento creo que es prudente detenerse en lo dicho por Flaubert, porque su sentencia implica que cada uno de nosotros puede aspirar a una determinada cantidad de belleza. En otras palabras, la vida no es bella, porque si así lo fuera, no seríamos capaces de apreciar los momentos bellos, aquéllos que generan esas emociones estéticas cuando, por ejemplo, un hijo no nace o cuando una madre muere.
Debo decir que he vivido los dos momentos anteriores con variada intensidad. Hace dos años la chica con la que vivía perdió el hijo que ambos esperábamos. Al leer esto muchos ya deben estar alegando qué podría tener de bello la muerte de un hijo en gestación, a lo que yo respondo la tristeza y la desilusión de los padres. Eso para mí fue bello, único o, como dicen en el ambiente del teatro, verdad. Desde este punto de vista vale la pena la aclaración de que cuando hablo de belleza no me refiero a una mina rica. Para eso hay otros calificativos que van desde atractivo, pasando por el nunca bien ponderado depende de las piscolas que me haya tomado y llegando hasta lo hermoso.
Podría contar también la reciente muerte de mi madre, pero considero que no corresponde, porque reparo en lo dicho por Flaubert e imagino una vida llena de muertes de hijos, madres, abuelos, hermanos, tíos, amigos y primos. Eso ya no sería belleza, sino una catástrofe, una Apocalipsis o simple “mala cueva”. Doy ejemplos de muerte y no de vida para diferenciar lo bello de lo bonito. Aunque el mismo Apocalipsis se produciría si todas las tardes fueran una perfecta puesta de sol, mirando el mar, tomados de la mano con la mujer u hombre amado, corriendo vaporosamente por una costanera. Si eso pasara, destruiríamos las puestas de sol y las mujeres u hombres amados y dejaríamos las costaneras solitarias, abandonadas a su suerte. O dicho de otra manera, esos momentos no significarían nada, porque estarían en el dominio de lo esperable, y la belleza siempre es un gran salto en el electrocardiograma.
Cuando algo deja de significar pasa a aburrirnos. Precisamente a eso se refería Flaubert con “un poco más nos fatiga”. La belleza es como una droga que nos puede matar, y esta muerte se llama aburrimiento. En otras palabras, el aburrimiento pone fin a los momentos de belleza y hay que combatirlo con la mayor astucia, como sugiere Peter Brook en su ensayo “La puerta abierta”, para convertirlo finalmente en “nuestro mejor aliado”. La parca como Pepegrillo sería aquí la imagen adecuada.
Por otro lado, he escuchado a muchos poetas decir que trabajan con la belleza, pero a ninguno que su mejor aliado es el aburrimiento. Es más, cuando uno esboza esta no-emoción, el poeta dice algo obvio: “Lo que pasa es que tú no eres poeta”. Como si para sentir una emoción o una no-emoción estética hubiera que ser poeta. La belleza y el aburrimiento son tan democráticos que nos atraviesan a todos, poetas o no, ricos y pobres, flaites y pokemones, mapuches y gays. Aunque, por cierto, existe una belleza pobre, una belleza flaite y una belleza americana.
¿Se imaginan lo que sucedería si todos los yanquis pasaran efectivamente drogándose todo el día? Lo más probable sería que los yonquis murieran producto de una sobredosis, y la imagen visual o poética muriera con ellos en todo el mundo. Y eso sí que sería aburrido.

jueves, julio 17, 2008

taller de tejido

A PARTIR DE LA PRIMERA SEMANA DE AGOSTO OFRECERÉ UN TALLER DE NARRATIVA. PARA TODOS LOS INTERESADOS ENVIAR UN TEXTO BREVE A GOZALOLEON@GMAIL.COM.
EL TALLER TENDRÁ UN COSTO Y DURARÁ CUATRO MESES.

martes, julio 08, 2008

Yo al Premio Nacional


En el último mes me han llegado correos proselitísticos relacionados con premios y literatura. El primero lo firmaba la poeta Malú Urriola y abogaba por Eugenia Brito al Premio Nacional de Literatura, y el otro lo firmaba Héctor Hernández Montecinos y proponía a Carmen Berenguer al mismo reconocimiento. Me enteré después que David Bustos, poeta y uno de los guionistas de El señor de la Querencia, estaba haciendo campaña por el ex poeta José Ángel Cuevas. Pero más allá de mis propias consideraciones sobre quién deba ganárselo, pienso que siempre este premio, que entrega cada dos años el ministerio de Educación, confunde tal vez deliberadamente calidad literaria con literatura. En otras palabras, se pretende hacer creer que el mejor poeta, narrador o ensayista es merecedor(a) del Premio Nacional de Literatura. Debo aclarar que esto es falso desde los inicios de este reconocimiento, en 1942. Ese año autoridades políticas preocupadas por el pasar de Augusto D’Halmar decidieron crear el premio especialmente para beneficiarlo.
Con el tiempo el Premio Nacional empezó a cobrar notoriedad y prestigio, aunque cuando las autoridades y jurados de los años 40 se saltaron a Gabriela Mistral, este reconocimiento dejó en claro que la Premio Nóbel era la mejor poeta en el mundo menos en Chile, vale decir en ese momento se estableció que el mejor poeta, narrador o ensayista no necesariamente obtendrían este premio. De esta forma, apelar a la calidad literaria para ganarlo constituye el peor de los argumentos, aunque Joseph Conrad señaló en relación a los argumentos: “Quien desee persuadir ha de confiarse no al argumento adecuado, sino a la palabra idónea”.
Todos los premios, hasta el más “piñufla”, excluyen a la calidad literaria como argumento. El Premio Nóbel del año pasado, por ejemplo, sirvió para reconocer a una desconocida escritora feminista como Doris Lessing, quien declaró que el galardón fue “una catástrofe” para su vida literaria, ya que ahora se la pasa dando entrevistas en vez de escribir.
Todo premio es político y quien no lo entienda cae en la candidez. En otras palabras, cada institución se reconoce a sí misma cuando entrega un premio. Nicanor Parra, ya sabemos, nunca se ganará el Nóbel, simplemente porque en plena época de la Upé se le ocurrió tomar tecito con la señora de Richard Nixon. En esta misma línea, ni Mariana Callejas ni Miguel Serrano ni José Luis Rosasco obtendrán el Premio Nacional de Literatura, porque apoyaron de una u otra forma a la dictadura. ¿O es que alguien se imagina a la ministra de Educación llamando a don Miguel o a la señora Callejas para avisarles la buena nueva?
En todo caso, hoy las argumentaciones para proponer a tal o cual al Premio Nacional no van por el lado de la calidad literaria. Ninguno de los mails que me han llegado abogaban por la calidad de la obra de Eugenia Brito o de Carmen Berenguer. Sólo se trataba de reclutar a la mayor cantidad de personas, fueran escritores o no, y el motivo para convencer o motivar era el simple “porque sí”.
Operar de este modo, en todo caso, resulta menos ingenuo que apelar a la calidad literaria, pero igualmente desconoce el hecho de que, pese a las campañas, el premio siempre será político, es decir reflejará a la institución que lo da, en este caso al gobierno de Chile. Y aquí vale la pena preguntarse si una Presidenta en el poder, es razón suficiente para premiar a una mujer. Superficialmente deberíamos responder que sí, pero el gobierno de Michelle Bachelet no es un gobierno de y para las mujeres. Es más, todavía nadie entiende bien a lo que se refirió la Presidenta con esto de hacer un “gobierno ciudadano”. Si desconocemos lo que es la institución, mal podríamos prever lo que le gustaría reconocer o premiar este año, ni menos qué autor estaría en esa línea. Y ante este desconocimiento, yo me propongo al Premio Nacional de Literatura. Soy un muerto de hambre como D’Halmar, he escrito algunos libros y, lo más importante, prometo repartir la plata entre mis adherentes. Interesados inscribirse aquí.

martes, julio 01, 2008

Mis emociones clandestinas


A diferencia de muchos compañeros de generación, el rock, como música, nunca ha sido algo relevante. No tengo grupos favoritos ni discos predilectos, y mi colección de cedés suma con suerte a diez pirateadas “placas”, salpicadas entre medio de mis libros. Alguien podría pensar que, si no tengo música, al menos en alguna oportunidad me gustó ir a recitales, como todo joven, pero no: siempre he detestado las aglomeraciones. Si a duras penas tolero una fila de banco, ya se pueden imaginar lo que me pasa con cientos o miles de minas saltando y gritando: “Ricoooooo”. Porque eso es un recital: un desenfreno de emociones. Conozco a una chica que me contó que para el recital de Beastie Boys se inyectó morfina y que producto de esto subió al escenario y saltó a la pista. Se rompió el pie, pero en el momento no se dio cuenta.
La gente en los recitales no es capaz de controlar sus emociones, o lo que es peor, no desea hacerlo. Y como siempre he tratado de mantenerlas bajo control, se imaginarán lo que ha significado para mí estar al lado de gente que lo único que quiere es bailar, tomar o drogarse. Porque sí he estado en recitales, especialmente de bandas de Conce, como Emociones Clandestinas, Machuca, Santos Dumont. A lo que me refiero es que no necesito ir a una “tocata” para alcoholizarme, bailar o drogarme. Aunque bueno bailar para mí es otro cuento.
Debo confesar en este punto que uno de mis problemas con las minas, que a decir verdad son varios, ha sido mi reticencia para ir a recitales o a bailar. De mis últimas parejas ninguna ha entendido esto muy bien. Muévete por último, han pedido todas en una pista de baile, y yo ahí, incómodo, he cedido; pero al final bailar, que para muchos es lo más natural del mundo, lo he sentido como algo impostado y ajeno. Al final siempre ha sido algo para sacar en cara. ¿Cómo que no he hecho cosas por ti? ¿Y la otra vez cuando bailé en la casa de tus amigas, ah?
Pero lo que he escrito no quiere decir que el rock no haya sido de mi interés en alguna etapa de mi vida. Cuando era adolescente me gustaba el heavy metal. Bandas como Accept y otras que ya olvidé marcaron esa época. Sin ir más lejos, el terremoto de 1985 me pilló escuchando heavy metal en la casa del Guatón Aguilar, un compañero de colegio. De ahí jamás volví a escucharlo por temor a las réplicas.
Al llegar a Santiago me hice amigo del pintor Hugo Cárdenas. Con él solíamos juntarnos a leer la Melody Maker, revista especializada en música británica. Cada semana Cárdenas iba al Instituto Chileno Británico de Cultura y sacaba el ejemplar más nuevo de la Melody y la leíamos o, para ser más sinceros, la hojeábamos. Durante esa época conocí a Suede, a Placebo y a muchas otras bandas. Sin embargo, cuando mi amigo ponía en su equipo algo de rock clásico, como Jefferson Airplane o The Doors (¡qué insoportable banda!), yo inventaba alguna disculpa y me marchaba.
No quiero dar a entender que me gustaba más el rock o el pop británico que el clásico. Nada de eso, pero esa actitud hippie, onda Woodstock, que tenían algunos grupos me incomodaba, porque para ser aún más francos siempre he sido antihippie y anticomunista. En este sentido, cuando vi la película “Quadrophenia”, con actuación de Sting incluida, me sentí identificado. Dos grupos rivales –los rockers y los mods–- se enfrentaban. La lucha no era musical, sino cultural, porque los mods –que elevaron a The Who como su banda ícono- pensaban que ser rocker era una manera de negar la identidad inglesa.
Hoy nadie es rocker o rockero, aunque claro existen los viejos rockeros, si no pregúntenle al poeta José Ángel Cuevas. Lo que sí existe es el rock, y para nadie es un misterio que es una estética que ha predominado en los últimos cincuenta años. Sin rock, no se puede comprender el mundo. Sin rock, uno literalmente no existe, porque queda fuera de muchas discusiones y convenciones. Si uno es joven, no puede vivir sin rock. No obstante, ahora que soy viejo, que estoy por cumplir los cuarenta años, espero poder vivir sin él. Después de todo, me lo tengo merecido después de tanta “tocata”, cedé insulso y fiesta huevona que he vivido.

jueves, junio 26, 2008

Al pie de la letra (parte 4 y final)


Cuídate, fue la despedida que J le prodigó. Enseguida aceleró y se perdió de vista sin mirar hacia atrás. El desconocido quedó no enfrente a lo que él conocía como un canal de televisión, sino frente a una casa común y corriente de la época. Cuando J le dijo que habían llegado, él no quiso cuestionarla, porque agradecía el gesto de una total desconocida en un tiempo que no era el suyo. Pero las quinientas personas formadas afuera de aquella casa le confundían. ¿Dónde estaría? ¿Qué hacía ahí toda esa gente? Al divisar a unos sujetos vestidos como J que anotaban datos y cosas que para él resultaban ininteligibles, decidió que era tiempo que le respondieran esas interrogantes. Es un canal de televisión, le contestaron, y toda esta gente está participando de un casting para un programa sobre los abducidos que llueven sobre nuestras carreteras. Es un tema de tendencias. ¿Le interesa? El abducido consultó, si de ser el elegido, podría mandarle un mensaje a su mujer, a lo que el sujeto vestido con un traje de látex transparente respondió preguntándole su nombre, edad y fecha en la que fue abducido. Sabe, repuso G mirando el traje del sujeto, en mi época las cosas eran más lentas. En su época, apuntó el sujeto con una mueca, el tiempo aún no se había abolido. Esta conversación, sin ir más lejos, no ha tenido duración. Si quiere comprobarlo, observe el aparato que mide el tiempo en su muñeca. G le hizo caso al sujeto y se dio cuenta de que aún era la misma hora de cuando él había desaparecido.

***

Cuando F despertó I ya no estaba. Se sintió sola en esa casa y por eso encendió ese antiguo aparato que jamás usaba. Sintonizó quinientos canales y, mientras lo hacía, recordó aquellas tardes en los que veía junto a G algún estúpido programa de televisión. Luego, cuando se aprestaba a apagarlo, G apareció dentro del aparato. Se veía igual que hacía veintidós años, aunque claro, precisaba F, como el tiempo se ha abolido, en realidad no podía determinar cuántos años habían transcurrido. G le hablaba emocionado a la cámara y le decía que la amaba, que ese día habían discutido, es verdad, pero que la quería y que nunca imaginó que estaría tanto tiempo sin ella. Esto ya fue un castigo, F, así es que por favor venme a buscar. Estaré aquí hasta que llames al canal. De lo contrario, las autoridades de la estación televisora me pasarán ropa de los 80 y estaré condenado a vagar por las carreteras. ¿Sabes? Hoy conocí a una chica muy especial en una carretera. Ella fue quien me trajo hasta acá. Andaba en una moto y tenía la cabeza rapada a la mitad y de sus costados colgaban hermosos mechones de cabello blanco. Me recordó a la hija de H. ¿Te acuerdas del babyshower donde nos conocimos? Debe estar grande ella, ¿o era él? La abducción ha afectado mi memoria, F. A propósito, ¿has visto a H? Me gustaría conversar con él, aunque todo me indica que algo le pasó. Bueno, si vienes me lo dirás. Una última cosa: ¿entiendes cuando hablan de que el tiempo se abolió? ¿A qué se refieren?
F apagó el aparato y se puso a llorar. Luego en la habitación de amplias paredes blancas aparecieron de la nada I y J. ¡Quiero que me expliques ahora mismo lo que está sucediendo!, solicitó I con aspereza. Sabía que había visto antes a ese mendigo, comentó J. No es ningún mendigo, protestó F. Las tres mujeres se quedaron mirando por un rato. Ninguna sabía qué hacer. Ve a buscarlo, murmuró J. ¿Y la relación con tu madre? ¿Se puede saber qué hago con ella? Vamos F, hoy puedes estar con mi madre y con G sin ningún problema. Estamos en el futuro, ¿o acaso estás perdiendo la memoria, como G? F no supo qué decir y, producto de esa duda, I comenzó a gimotear. J se sorprendió, porque nunca antes había visto a alguien gimotear.

***

Nadie fue a buscar a G al canal, así es que vestido con ropas de los 80 fue llevado a una carretera. En el camino le advirtieron que tendría que saber ocupar su mente para teletransportarse, si no, lo más seguro sería que muriera atropellado. Y tú no quieres eso, ¿verdad, G?
En medio de una carretera de cuatro pistas y que le parecía conocida, G fue recibido por otros mendigos, quienes le enseñaron rápidamente el arte de la teletransportación. No le fue tan difícil como pensó al principio. Sus maestros se sorprendieron de su rapidez, pero lo atribuyeron a la abducción. Pronto empezaron a llegar más personas como G, pero ya nadie se sorprendía de sus habilidades.
G seguía insistiendo con la pregunta que lo atormentaba: ¿Qué significa que el tiempo se haya abolido? Muchos mendigos trataron de contestar la inquietud, pero toda respuesta para G sonaba incompleta, falsa o ridícula. Así, un día comenzó una peregrinación. Algunos intentaron detenerlo, pero su peregrinaje no era físico, sino mental. G caminaba por la carretera sin un destino claro, intentando llegar a un lugar que sólo estaba en su mente, hasta que un buen día nadie lo vio. Uno aseguró que había sido atropellado por una moto transparente, otro que había sido abducido nuevamente y un tercero que había abandonado este tiempo. No se puede abandonar el tiempo, ni éste ni ningún otro, si el tiempo ha sido abolido previamente, respondió el mendigo más viejo.

***

Nadie podía ver a G, pero lo cierto era que él seguía ahí, sólo que en otra dimensión, vale decir en otro espacio. Atrapado en este limbo, intentó recordar cómo había llegado ahí, pero no hubo caso. Quiso salir de él, pero tampoco pudo. Después de un rato, que bien pudieron ser años o incluso siglos, concluyó que estaba muerto, que la realidad que había vivido era una ilusión u otro limbo, anterior a ése, y que lo más probable era que estuviera así desde el incidente con los ovnis. Trató de llorar, pero al hacerlo recordó lo que unos sacerdotes le dijeron cuando era niño: Los muertos no lloran. Entonces es verdad, se dijo, ¡estoy muerto! ¿Pero cómo pasó? No vale la pena preguntárselo, dijo H apareciendo de pronto. G miró con incredulidad a H y pensó esta vez que estaba soñando. No, tampoco es un sueño, aclaró I apareciendo de la misma manera. De pronto escuchó una música que se le hizo familiar: “Rezo, rezo por vos…”. G no aguantó la risa. En el instante en que terminó de reír vio a F y sólo atinó a decirle hola, y eso fue todo, porque el limbo desapareció y por fin pudo abrir los ojos a la realidad que quería ver. Eran las nueve de la mañana, y F dormía a su lado plácidamente.
—Oye, ey –dijo G zamarreando a F aquel lunes–. ¿En qué año estamos?
F se dio media vuelta y frotándose los ojos contestó:
—¿Cómo que en qué año? ¿Acaso no recuerdas que el tiempo se abolió hace varios ciclos mentales?
G trató de recordar a lo que se refería F con ciclos mentales, pero como no lo consiguió, se volvió a dar media vuelta y continuó durmiendo para ver si entre sueños podía encontrar alguna respuesta.
Al volver a soñar, G comprendió lo que eran aquellos ciclos mentales y también el significado de abolición del tiempo, pero decidió en medio de esa carretera virtual no compartir ese conocimiento con nadie.