Epifanías en viaje

Siempre se dice que cuando se emprende un desplazamiento geográfico, se realiza también un viaje personal o interior, en donde en vez de descubrir nuevos parajes de algún nuevo país o ciudad se hallan, quizá por primera vez, aspectos de la personalidad propia que se habían mantenido ocultos. A veces, incluso, se descubren las razones por las que esos aspectos se habían mantenido ocultos y salen a la luz con toda la luz del mediodía, como hubiera dicho Mauricio Wacquez. Y a esto es lo que conocemos como epifanía o descubrimiento significativo.
Joseph Conrad, un escritor que hizo del viaje una epifanía narrativa, recuerda en “Crónica personal” lo que pudieron haber sido sus últimas vacaciones, cuando sólo contaba con dieciséis años: “Fue en el jubiloso año de 1873, el último año de mi vida en que gocé de unas jubilosas vacaciones. Después, sí, ha habido años de holganza, en cierto modo jubilosos, que no han pasado sin dejar en mí su lección, si bien este año del que quiero hablar fue el año de mi última vacación escolar”. Conrad cuenta que cuando se encontraba recorriendo Suiza junto a su tutor, paró en un hostal que a primera vista le pareció desolado, pero que a la mañana siguiente resultó estar repleto de ingenieros ingleses contratados para las obras de un túnel. Aquella mañana fue la primera vez que Conrad escuchó el acento inglés de pueblo, el mismo que luego volvería a escuchar en un sinfín de viajes de boca de marinos ingleses, escoceses y galeses. Esta anécdota resulta relevante para este escritor de origen polaco, ya que él adoptó el inglés para escribir, pese a que dominaba el francés y el polaco: “En mi caso el inglés no fue producto de una elección ni de una adopción”.
Tanto Joseph Conrad como otros escritores han sido víctimas de epifanías durante algunos viajes. Para Ernest Hemingway fue fundamental la Primera Guerra Mundial, en la que trabajó como corresponsal de guerra y terminó quedando herido en una pierna. También lo será la Festividad de San Fermín, en Pamplona. De ambos viajes surgirán sus dos primeras novelas: “Fiesta” y “Adiós a las armas”.
La enumeración de escritores que han vivido sus epifanías durante viajes, como Miguel Serrano o Jack Kerouac, podría ser interminable, así es que será mejor cambiarnos a otra disciplina, como las artes visuales. El más conocido viaje que hizo Paul Gauguin fue a Tahiti, en donde el paisaje y sus habitantes influyeron en su pintura de forma determinante. Pero Gauguin también estuvo en Sudamérica, más específicamente en Río de Janeiro, Puerto Hambre, Iquique y Lima. De esta última cuenta en sus “Diarios íntimos” lo siguiente: “Tengo una notable memoria visual y recuerdo esta época de mi vida, nuestra casa y tantas otras cosas que ocurrieron; el monumento en la Presidencia, la iglesia, cuyo domo era de madera tallada. Veo todavía a la negrita que, como era costumbre, llevaba a la iglesia la pequeña alfombra sobre la que nos arrodillábamos para rezar”.
Pero tal vez el viaje más relevante para mi vida como escritor sucedió en el verano de 1986, cuando con dieciocho años pasé mis primeras vacaciones sin mi familia. Recuerdo que junto a cuatro amigos fuimos en dos autos a Vichuquén y que llevamos un láser y una lancha. Nos instalamos en un camping y participamos de una competencia o “gymkana”, que organizó el camping para que no nos aburriéramos. Recuerdo que tuvimos que presentar un espectáculo, un circo o algo así, y que en vez de payasos, ofrecimos a unos milicos desfilando. Recuerdo chicas yendo a nuestro sitio, el 29, y la vez en que conduje la lancha y casi atropellé a un nadador o la ocasión en que casi me ahogué. En fin, fueron tantos recuerdos que, cuando llegué al departamento de mi familia en Viña del Mar, tuve la tentación de escribirlas. Antes me había sido impensado que las cosas que pasaban podían escribirse. Pero había descubierto algo, y eso sería determinante con los años.





