a Roberto MerinoCuando Ian McEwan estuvo en Chile hace poco, no me interesó asistir ni a sus conferencias sobre Charles Darwin ni menos a su conversación con Gonzalo Garcés en la Universidad Católica. Creo que no me interesó, porque estaba leyendo una de sus últimas novelas llamada “Chesil Beach”. La historia trata de una pareja de recién casados ingleses y transcurre en el mítico año 1962. No es mi intención contar la novela, que es muy íntima, a veces anodina o “de puertas cerradas”, como diría Germán Carrasco, sino que detenerme en una conversación entre los recién casados durante la noche de bodas. Mientras él termina de comer e imagina cómo llevar a la cama a su ahora esposa, ella piensa en lo bonito o agradable que sería un matrimonio sin sexo, hasta que de pronto topa con una verdad: “al decidir casarse, había dado su consentimiento a exactamente aquello. Había convenido en que era correcto hacerlo y que se lo hicieran”. McEwan se refiere a algo obvio: cuando una novia dice públicamente “sí, quiero”, está afirmando, entre otras muchas cosas, que quiere sexo con su próximo marido: “Sí, quiero que me la metas”.
Este episodio me hizo recordar inevitablemente el matrimonio de mi amigo Nicolás hace ya dos años. Recuerdo que él no era partidario del matrimonio, pero ahí estaba por primera vez de traje y corbata. Se veía mejor que la novia. Bueno, y llegó el momento en que la oficial del Registro Civil preguntó si quería a esta señorita por esposa, y Nicolás gritó fuerte: “Sí, quiero”. En otras palabras, Nicolás entendía el rito y el compromiso al que se estaba sometiendo y no sentía temor en reconocerlo o gritarlo. Bueno, también es hombre, y en esta cultura patriarcal no hay temor en afirmar: “Sí, quiero metértela”. Hoy, Nicolás está pronto a irse con su mujer a Inglaterra, y lo hace precisamente por ese “sí, quiero”. Sí, quiero estar contigo en Chile, España o Inglaterra; sí, quiero visitar a tu madre y a tu hermana, pese a que son insoportables; si, quiero cocinar y lavar platos, aunque lo deteste. ¿Se fijan como la expresión da para la ternura también?
Sin embargo, la actitud de mi amigo es una excepción a la regla, ya que la mayoría de la gente que conozco, incluida ex novias y algunos amigos, no entienden el significado del compromiso, o del querer. Porque, como versa el refrán, “querer es poder”. Es simple, no hay ningún misterio en ello. No obstante, he escuchado de algunas ex novias afirmar lo contrario: “No puedo, León. De veras me gustaría, pero no puedo, porque va contra mis principios”. Varias veces esgrimieron esta excusa, pero creo que hasta que leí aquel episodio de “Chesil Beach” no comprendí que, en el fondo, no es que no pudieran, sino que simplemente no querían.
Más interesante se vuelve el paradigma, si lo llevamos a la política. En otras palabras, qué sucedería si un parlamentario de la Concertación, a instancias de un proyecto de ley impulsado por la Presidenta, argumentara que no puede apoyarlo, porque va contra sus principios. La respuesta es imaginable y los improperios también, porque uno no está en política para satisfacer sus propios intereses. Aun así han existido casos y los parlamentarios involucrados, frente a las cámaras de televisión, han defendido su postura por sus creencias. Estos políticos fundamentalistas no captaron que, cuando dijeron “sí, quiero militar en este partido” o “sí, quiero ser candidato por esta coalición”, lo que estaban haciendo era adquirir un compromiso público con ciertas ideas y no personal. ¿O es que acaso se imaginan a alguno de esos parlamentarios fundamentalistas, engañar a su esposa, aduciendo creencias personales? “Lo que pasa, Negra, es que yo soy así”. Bueno, a decir verdad los casos existen.
Siempre sirve consultar al diccionario cuando uno tiene alguna duda, por mínima que sea. “Tener voluntad o determinación de ejecutar una cosa”, es la tercera acepción de “querer” que aparece en mi diccionario. O sea, si uno quiere, podrá, a menos que suceda algo raro o excepcional, como que te parta un rayo o te atropelle un tren. Aunque la cuarta acepción lleva a otra interpretación, ya que señala: “Pretender, intentar o procurar”. Según ésta, querer es simplemente una manifestación de interés, por lo tanto eventualmente podría concretarse. Como ven, uno puede usar el verbo querer según sea su intención. Por mi parte, yo prefiero la primera acepción, que dice “desear, apetecer”. Entonces si deseo algo o a alguien, todo queda claro. Si deseo a fulanita o zutanita, haré lo posible para que ella sea feliz.
Raro me resulta analizar el querer o la expresión “sí, quiero”, más cuando hace diez años participé en un videoclip llamado “Quiero”, del extinto grupo nacional La Sociedad. Pero mejor volvamos al autor de “Chesil Beach”, porque quiero contar que hace poco terminé definitivamente una relación de dos años y quedé con la impresión de que ella no comprendió lo que significaba querer. Y aquí no hablo de amor, porque supongo que ella me amaba, sino del sentido que ocupa McEwan, vale decir de entrega, que es otra cosa. Uno, cuando quiere, se abandona en el otro, y eso, aunque suene muy Corín Tellado, es hermoso. ¡Aaahh!, creo que Ian McEwan me ha vuelto cursi. ¿Se fijan ahora por qué no fui a verlo?