martes, noviembre 24, 2009

Pepe Cuevas habla sobre Alejandro Rubio

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A punto de editar un nuevo libro, el poeta José Ángel Cuevas habla sobre el poeta argentino que Libros La Calabaza del Diablo editó en su colección Hazla Corta. Hablamos de Alejandro Rubio de nuevo.
Como dato anexo, La Calabaza del Diablo participará en la segunda versión de la Furia del Libro, a realizarse entre el 16 y el 20 de diciembre próximos. Allí estará el nuevo libro de Pepe, una especie de biografía o libro de crónicas, y desde luego el de Rubio y muchos más, como "Paisaje lunar", de Kurt Folch; "Aire quemado", de Gladys González; "Camanchaca", de Diego Zúñiga; "Termitas", de Priscilla Cajales; "Dadá". Todos publicados durante este año, o mejor dicho en estos últimos meses.

jueves, noviembre 19, 2009

Un editor para la risa

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La última semana de la 29 versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago La Calabaza del Diablo trajo al poeta argentino Alejandro Rubio para presentar su libro "Diario" por este sello editorial. Rubio, perteneciente a la generación de poetas argentinos de los 90 junto a Martín Gambarotta y Verónica Viola Fisher, estuvo en una mesa en la feria llamada Buenos Aires/Santiago al lado de los poetas Pablo Paredes y Kurt Folch, leyó junto al poeta chileno Pepe Cuevas en la Fundación Maruri 587 y fue deleitado por la rutina de uno de los editores de La Calabaza del Diablo, Nicolás Cornejo. Dicha rutina es obscena, por lo que a los "niños" se les recomienda abstenerse de verla o pedir permiso a sus padres.

PD1: El audio es regular, así es que no golpee su ordenador.
PD2: Las risas no son grabadas.
PD3: La situación fue verídica.
PD4: Los escritores presentes son autores de La Calabaza del Diablo: Diego Zúñiga, Gladys González. El resto somos editores.
PD5: El libro de Alejandro Rubio estará pronto en algunas librerías. Pero si quiere tenerlo ya, llame al 5566009 y contáctese con Marcelo Montecinos.

miércoles, noviembre 11, 2009

El café ahora es gay


Hace cinco años no era un aficionado al café. Lentamente me hice habitué de las cafeterías del centro y algunas de Providencia. Sin embargo, me quiero detener en las del centro y del cambio que han sufrido en el último tiempo. Ese “cambio” se traduce en que por José Miguel de la Barra todas las cafeterías tienen una onda gay: las atienden mozos gay o lesbianas, el público es gay, y uno al sentarse a tomar una taza es como un intruso o voyeurista.
Debo aclarar que no tengo nada con la onda gay ni con los gays, pero de verdad no sé de dónde salió esta relación entre café y homosexualidad. Así es que me metí a San Google e investigué, hasta que di con un tema de Wikipedia llamado Homosexualidad en Brasil. Ahí se hablaba de una subcultura homosexual en el SXIX, en donde “el bar Stadt München y el Café Suizo eran lugares donde los homosexuales podían contactar a prostitutos”. Otro dato más de esta “navegación” surgió de un foro, en donde un sujeto preguntaba por la connotación gay del término “café con leche”. Luego de una serie de respuestas, una mujer aseguró que en México, en la jerga gay, “café con leche significa sexo anal”; sin embargo, enseguida otro corrigió y dijo: “Yo más bien creo que se refiere a que como no eres ‘macho’, no tomas café fuerte, sino que le agregas leche para suavizarlo. También dicen que los Marlboro Light son para vaquero maricón”.
Como ven la relación atávica entre café y homosexualidad al parecer existe, pero, insisto, no la comprendo. De hecho, la semana pasada fui a uno de esos cafés de José Miguel de la Barra, tomé asiento, me atendieron pésimo (es un mito que la atención gay es buena, claro es buena para los gays) y, cuando fui al baño, tres tipos ocuparon mi mesa. Les tuve que decir que yo estaba ahí y me miraron como preguntándose y quién cresta es este huevón, luego miraron al mozo, y sólo en ese momento se levantaron para saludar de beso al administrador. Lo peor de todo es que si uno reclama, te miran feo y, cuando te marchas, se quedan pelándote. Entonces tú pasas a ser el maleducado, el mal cliente, el que no cacha dónde está, porque lo gay tiene glamour, ¿no es cierto, Pancho?
En los 70 en España, hablo por lo que me contó un artista visual, se decía que el arte era gay, por lo tanto muchos gays se hicieron pasar por artistas. Entienden el silogismo, ¿no? Hoy, ir a una cafetería o tomar café es un asunto que, al menos en el Barrio Bellas Artes, es tan gay como ser artista en los 70. Pero como el paradigma de los 70 era un silogismo, éste también lo es. No hay que ser gay para comprender la onda del café. De hecho, yo la capté gracias a una ex novia, que le gustaba tomar café de grano, y no esa porquería de Nescafé que aún suelo ingerir.
Si nos remitimos a los cafés de París de principios de SXX, la cosa no era tan así. Ernest Hemingway en “París era una fiesta” es bien ilustrativo: “Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche”. Por lo que se aprecia aquí no hay ni una onda gay, aunque admitamos que no todo era así de limpio como lo cuenta Hemingway, ya que en los cafés de esa época se tomaba alcohol y pasaban muchas otras cosas, como aquella que enfrentó a dos grandes, al mismo “Hem” y a Scott Fitzgerald en un baño, con este último mostrándole el pene y preguntándole si era del tamaño correcto.
Concedamos entonces que los cafés tienen ese qué se yo gay. O digámoslo de otro modo, uno tiene el derecho a ponerse un poquito gay cuando ingresa a un café, lo que es un alivio, porque también uno es un poquito homosexual o lesbiana, según sea el caso. Recuerdo que hace unos días conversaba con un amigo escritor y le dije sin ninguna intención: “Lo que pasa es que ‘una’…”. El amigo escritor me quedó mirando por un segundo, pero luego bebió de su café y dejó pasar el asunto, sencillamente porque su hermano es un homosexual de tomo y lomo.
Quizá lo único que aún no alcanzo a entender es cómo tanto homosexual incompetente llega a trabajar a las cafeterías, al menos de José Miguel de la Barra. Aclaro aquí que si fueran minas ricas o putas, diría lo mismo, porque a mí me importa la atención. Y si no me creen les cuento que hace un tiempo fui al Café de la Barra y le consulté al mozo de qué era un té y me dijo que no sabía. Como ya tengo internalizado que “el cliente en Chile nunca tiene la razón”, le pedí un Earl Grey. Cuando regresó la escena fue ridícula: el tipo, un gordito alto como yo, avanzaba con dificultad con la bandeja, como si ésta fuera un barco a punto de naufragar.
Ya, y me dejo de escribir, porque me acaba de llamar un amigo para que nos tomemos un cortado en De la Barra. De seguro pediremos un par de cortados y nos quedarán los bigotes pintados con leche y nos acercaremos para limpiarnos y, no sé, de repente algo pase. Por suerte ando con los calzoncillos limpios.

viernes, noviembre 06, 2009

Un poema malo

Se necesitan malos poetas.
Buenas personas, pero poetas
malos. Dos, cien, mil malos poetas
Fogwill


Despertar es un error que imaginamos
poder remediar,
cuando cerramos los ojos
y descansamos en la paz
de nuestras camas.
Todas las noches se muere
y cuando lo hacemos,
sólo quedan los sueños
de mejores vidas y pasadas muertes.


Vivir es un suicidio a largo plazo.
Entonces resulta imposible
remediar el error de despertar.
La tentación es abrir los ojos
y seguir agonizando.


Aunque despertar es también una
resurrección.
Lejanamente escuchas un Levántate y anda
y el día se hace andar
/ una vez más.
Antes de salir a la calle
te preguntas por qué
no elegiste otra vida,
pero sabes que tremendo desperdicio
no se puede tirar por la ventana.
Las veces que te diste por vencida
antes de salir lastimada;
otras que te dio vergüenza el abrazo público,
cuando en verdad nunca debió importarte el público,
o aquéllas, cuando tu mamá te besó delante de tus amigos
y tú la apartaste con violencia,
maldito niño.


Seriamente, me pregunto ahora
si existe vida antes de la muerte
si en verdad estamos despiertos
y si aquella ilusión de que todo era
un mal sueño
jamás fue una ilusión.
Por eso me pellizco el brazo
cuando algo bueno y bello
aparece en mi vida.
Pero lo peor es que
todas estas disquisiciones
las hago cuando estoy a punto
de quedarme dormido
/ definitivamente

jueves, octubre 29, 2009

Quiero, o el síndrome McEwan


a Roberto Merino

Cuando Ian McEwan estuvo en Chile hace poco, no me interesó asistir ni a sus conferencias sobre Charles Darwin ni menos a su conversación con Gonzalo Garcés en la Universidad Católica. Creo que no me interesó, porque estaba leyendo una de sus últimas novelas llamada “Chesil Beach”. La historia trata de una pareja de recién casados ingleses y transcurre en el mítico año 1962. No es mi intención contar la novela, que es muy íntima, a veces anodina o “de puertas cerradas”, como diría Germán Carrasco, sino que detenerme en una conversación entre los recién casados durante la noche de bodas. Mientras él termina de comer e imagina cómo llevar a la cama a su ahora esposa, ella piensa en lo bonito o agradable que sería un matrimonio sin sexo, hasta que de pronto topa con una verdad: “al decidir casarse, había dado su consentimiento a exactamente aquello. Había convenido en que era correcto hacerlo y que se lo hicieran”. McEwan se refiere a algo obvio: cuando una novia dice públicamente “sí, quiero”, está afirmando, entre otras muchas cosas, que quiere sexo con su próximo marido: “Sí, quiero que me la metas”.
Este episodio me hizo recordar inevitablemente el matrimonio de mi amigo Nicolás hace ya dos años. Recuerdo que él no era partidario del matrimonio, pero ahí estaba por primera vez de traje y corbata. Se veía mejor que la novia. Bueno, y llegó el momento en que la oficial del Registro Civil preguntó si quería a esta señorita por esposa, y Nicolás gritó fuerte: “Sí, quiero”. En otras palabras, Nicolás entendía el rito y el compromiso al que se estaba sometiendo y no sentía temor en reconocerlo o gritarlo. Bueno, también es hombre, y en esta cultura patriarcal no hay temor en afirmar: “Sí, quiero metértela”. Hoy, Nicolás está pronto a irse con su mujer a Inglaterra, y lo hace precisamente por ese “sí, quiero”. Sí, quiero estar contigo en Chile, España o Inglaterra; sí, quiero visitar a tu madre y a tu hermana, pese a que son insoportables; si, quiero cocinar y lavar platos, aunque lo deteste. ¿Se fijan como la expresión da para la ternura también?
Sin embargo, la actitud de mi amigo es una excepción a la regla, ya que la mayoría de la gente que conozco, incluida ex novias y algunos amigos, no entienden el significado del compromiso, o del querer. Porque, como versa el refrán, “querer es poder”. Es simple, no hay ningún misterio en ello. No obstante, he escuchado de algunas ex novias afirmar lo contrario: “No puedo, León. De veras me gustaría, pero no puedo, porque va contra mis principios”. Varias veces esgrimieron esta excusa, pero creo que hasta que leí aquel episodio de “Chesil Beach” no comprendí que, en el fondo, no es que no pudieran, sino que simplemente no querían.
Más interesante se vuelve el paradigma, si lo llevamos a la política. En otras palabras, qué sucedería si un parlamentario de la Concertación, a instancias de un proyecto de ley impulsado por la Presidenta, argumentara que no puede apoyarlo, porque va contra sus principios. La respuesta es imaginable y los improperios también, porque uno no está en política para satisfacer sus propios intereses. Aun así han existido casos y los parlamentarios involucrados, frente a las cámaras de televisión, han defendido su postura por sus creencias. Estos políticos fundamentalistas no captaron que, cuando dijeron “sí, quiero militar en este partido” o “sí, quiero ser candidato por esta coalición”, lo que estaban haciendo era adquirir un compromiso público con ciertas ideas y no personal. ¿O es que acaso se imaginan a alguno de esos parlamentarios fundamentalistas, engañar a su esposa, aduciendo creencias personales? “Lo que pasa, Negra, es que yo soy así”. Bueno, a decir verdad los casos existen.
Siempre sirve consultar al diccionario cuando uno tiene alguna duda, por mínima que sea. “Tener voluntad o determinación de ejecutar una cosa”, es la tercera acepción de “querer” que aparece en mi diccionario. O sea, si uno quiere, podrá, a menos que suceda algo raro o excepcional, como que te parta un rayo o te atropelle un tren. Aunque la cuarta acepción lleva a otra interpretación, ya que señala: “Pretender, intentar o procurar”. Según ésta, querer es simplemente una manifestación de interés, por lo tanto eventualmente podría concretarse. Como ven, uno puede usar el verbo querer según sea su intención. Por mi parte, yo prefiero la primera acepción, que dice “desear, apetecer”. Entonces si deseo algo o a alguien, todo queda claro. Si deseo a fulanita o zutanita, haré lo posible para que ella sea feliz.
Raro me resulta analizar el querer o la expresión “sí, quiero”, más cuando hace diez años participé en un videoclip llamado “Quiero”, del extinto grupo nacional La Sociedad. Pero mejor volvamos al autor de “Chesil Beach”, porque quiero contar que hace poco terminé definitivamente una relación de dos años y quedé con la impresión de que ella no comprendió lo que significaba querer. Y aquí no hablo de amor, porque supongo que ella me amaba, sino del sentido que ocupa McEwan, vale decir de entrega, que es otra cosa. Uno, cuando quiere, se abandona en el otro, y eso, aunque suene muy Corín Tellado, es hermoso. ¡Aaahh!, creo que Ian McEwan me ha vuelto cursi. ¿Se fijan ahora por qué no fui a verlo?

jueves, octubre 22, 2009

El Borges Rojo


Grínor Rojo debe ser el último de los intelectuales, o si prefieren, el último de una raza extinta que consistía en enseñar, escribir e influir desde la academia al mundo lector. Grínor o don Grínor es el director del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad Chile. Lo primero que dice es que el espacio les ha quedado chico, que necesitan ampliarse. Su diminuta oficina así lo confirma, pero lo suyo no es la decoración, es el saber, más específicamente los libros. Su última publicación, “Borgeana” (LOM Ediciones), aborda a Jorge Luis Borges en ocho ensayos escritos durante varios años.
-Pese a ser un ensayo sobre la obra de un autor importante, que ha influido en muchos escritores latinoamericanos, el libro invita a leer a la fuente, en este caso a Borges.
-Este libro es un diálogo con Borges, un diálogo con ciertas reglas, que son las que yo entiendo por crítica literaria y que consiste en lo siguiente: todo texto literario tiene una lectura de sí mismo, o sea el libro quiere que lo lean de una cierta manera, y el buen crítico tiene que darse cuenta y no caer en la trampa. Hay que encontrar lo que el libro está ocultando y no quiere confesar. En el caso de Borges esto es especialmente significativo, porque él es un pillo. Porque en la construcción de sus historias influye mucho el relato policial. La estrategia es entregarle pistas falsas al lector, para que éste piense que ha llegado a la solución, cuando en verdad Borges se está riendo de él. Ahora quien se tomó en serio las advertencias que hacía, por ejemplo, en el prólogo de “Historia universal de la infamia” fue Nabokov, quien dijo que el autor argentino era como una gran fachada, en la que uno abría la puerta y no había nada.
-Volviendo al prólogo de “Historia universal…”, Borges define al barroco como un “estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”.
-Bueno, ahí él no está hablando del barroco del SXVII, sino del estilo que puede darse en cualquier época y lugar.
-Barroco como bombardeo de imágenes.
-Para explicar la literatura de Borges hay que hablar de la geografía de su casa, cuando él era niño. Borges niño mira la calle a través de la reja del jardín, soñando con aventuras que están en la calle, pero que están prohibidas para él. ¿Cómo compensa esa prohibición? Refugiándose en la biblioteca de libros ingleses de su padre. Libros de aventuras como los de Stevenson, Kipling y Conrad.
-En otras palabras, autores que, como Conrad, se atrevieron a abrir la reja del jardín y salir a la calle.
-Él fue un gran admirador de Conrad. De hecho, escribió mucho de él; sin embargo, el espacio fundacional en la literatura de Borges es la casa.
-Releyendo a Borges, veo que Bolaño tiene mucho de él.
-Absolutamente. De hecho, “La literatura nazi en América Latina” es una reescritura de “Historia universal de la infamia”. En todo caso, Bolaño no escondía esa admiración, así es que ahí no hay nada nuevo.
-Quiero volver a “Borgeana” para decir que encuentro un parecido con “El idiota de la familia”, el estudio sicoanalítico y marxista que hizo Sartre sobre Flaubert.
-En la crítica que hago hay algo de sicoanálisis. Mi postura de no creerle al texto es la misma del sicoanalista con su paciente. Dicho de otro modo, yo creo en la existencia de un inconciente del texto.
-¿Los textos entonces serían tus pacientes?
-No, tengo elementos sicoanalíticos en mi crítica, pero no soy un crítico sicoanalista.
-¿Existen aún intelectuales en el mundo y específicamente en Chile?
-Yo creo que sí y, si no existen, hay que hacerlos existir. Mi impresión, en todo caso, es que la cuestión chilena se está jugando a tres bandas: los intelectuales orgánicos que defienden el sistema y están al servicio de él; los intelectuales postmodernos que están en desacuerdo con el sistema, pero que no tienen nada que proponer, porque están contra las utopías y los grandes relatos; los intelectuales críticos de la modernidad que, además de estar en desacuerdo con el sistema, no tienen temor en proponer alternativas. Yo me considero uno de éstos. Por eso digo que si hay una crisis del intelectual, lo que hay que hacer es superar esa crisis y ocupar nuestro papel en la sociedad.
-¿Cómo ve la escena literaria, la academia, en fin el campo cultural?
-Yo tengo un ensayo llamado “Campo cultural y neoliberalismo en Chile”. Ahí utilizo la idea de campo cultural, que es de Pierre Bourdieu y que es un campo donde coinciden fuerzas heterogéneas. En otras palabras, no creo que haya una cultura chilena, una literatura chilena, sino lo que hay son espacios culturales, espacios literarios, en donde conviven líneas diferentes y muchas veces opuestas. En este sentido, soy completamente contrario a la idea de “generación” -esas tonteras de generación del 80 o del 90-, porque esa idea lo que hace es unificar lo diverso.
-Pero esto no sólo sucede en el campo cultural.
-La lógica del sistema es naturalizarse a sí mismo como la realidad. Sistema es la realidad, como las peras en el árbol. Así en Chile no se discuten los fines, porque los fines ya están resueltos. En otras palabras, nadie va a cuestionar el capitalismo o el aparato político, aunque sí los medios, o sea cómo operar mejor desde el sistema. Sin embargo, el intelectual crítico siempre va a poner los fines delante de los medios.
-Por último, ¿cómo evalúas la crítica literaria chilena?
-La crítica pública, la que aparece en los medios, es extraordinariamente pobre. Uno de los problemas de nuestra escena literaria es la carencia de una crítica pública de mejor calidad.

jueves, octubre 15, 2009

El criollo que llevas dentro


Desde hace dos años he tenido y presenciado la misma conversación: ¿por qué hay tan pocos escritores que escriban de Chile? La pregunta o el tema suena a paradoja, más si escribir de lo que se tiene a mano, como decía Tolstoi, es un viejo y seguro consejo. Sin embargo, los escritores,… voy a ser más preciso y diré narradores, sí, los narradores se empeñan en armar historias que evitan este país, como si Chile estuviese maldito o padeciese alguna clase de plaga.
Algunos o algunas ya estarán levantando el dedo para decir que sí hay novelas y cuentos que hablan de Chile, pero habría que admitir que, si lo hacen, la elaboración privilegia el “manejo del lenguaje” o la “metaliteratura”, por lo que ese Chile se pierde en la forma. Hace dos años La Calabaza del Diablo organizó lo que el poeta Pablo Paredes bautizó como Mesas del Pellejo. La idea era discutir sobre creación literaria al lado de la Feria Internacional del Libro de Santiago, en el Centro Cultural Balmaceda Arte Joven. Como se imaginarán, la convocatoria fue un fracaso, pero las cosas que se hablaron no tanto. Recuerdo al joven Diego Zúñiga quien, en medio de su exposición, dijo que yo era un escritor muy chileno. En verdad en ese momento no supe si ser escritor “muy chileno” era un insulto o no. Con el tiempo lo he interpretado como un halago. Sin embargo, cómo puede ser que en Chile se diga que un escritor es muy chileno. Suena a pleonasmo, ¿no? Pero bueno, a mi entender esto se explica por lo raro que resulta hoy en día la figura del escritor chileno. De hecho es más normal ser escritor maldito que chileno.
José Leandro Urbina, escritor que vivió treinta años en Canadá y Estados Unidos, ha dicho que Chile está lleno de historias, que sólo falta escribirlas. Pero esto se hace difícil cuando lo criollo –que no es otra cosa que la mezcla de español con mapuche, la esencia nacional– es mal mirado. De hecho, hay poetas mapuche, que reniegan del alma criolla, y eso está bien; también hay jóvenes narradores que escriben mirando las traducciones de Anagrama, y eso no está mal del todo; incluso hay escritores bestsellers que banalizan lo criollo, y eso, bueno, peor es nada. Entonces sólo escriben esas historias de las que hablaba Urbina los escritores bestsellers, pero lo hacen como si fuese una telenovela. En otras palabras, hay muy poca gente escribiendo seriamente Chile. Alguien en este punto volverá a levantar el dedo y dirá que, si esto sucede, es porque a los lectores no les interesa que les cuenten Chile porque están hartos de él, cuando pagan cuentas, cuando llevan los hijos al colegio, cuando discuten con sus parejas. Sin embargo, ese argumento se vuelve simplista, porque a la hora de la verdad los lectores no han tenido la oportunidad de elegir. Hay un supuesto y los supuestos operan como prejuicios, o sea como no-realidades.
En todo caso, soy consciente de que existe una tendencia en nuestra narrativa que elude lo criollo. Claudio Giaconi, hace más de cincuenta años, escribió un texto para el Segundo Encuentro de Escritores Chilenos, realizado en Chillán, que llamaba a superar el criollismo, pero no porque fuera aburrido, sino porque la novela chilena “se definía por limitaciones geográficas”. De este modo había una novela del norte, una del centro y otra del sur. Cuando fue el boom del salitre, observó Giaconi, “la literatura, consciente o inconscientemente, estaba dando importancia a esos temas: el norte, la pampa, el minero, etc.”. Para Giaconi y buena parte de la generación del 50, entre los que estaban José Donoso y Jorge Edwards, el criollismo como tendencia literaria no trataba de la chilenidad, porque si por chilenidad se entendía usar términos del bajo pueblo –“L’escopeta está cargá, allí en la risquera. ¿Te quean pieras pa l’honda?” –, esto para ellos no era chilenidad. Entonces cuando hablo de historias chilenas o criollas hago la diferencia con el criollismo. No estoy planteando escribir como se escribía hace ochenta años. Aunque sería bonito y un gran ejercicio literario.
El problema, finalmente, no radica en que haya “traductores” de Raymond Carver, Alessandro Baricco, Georges Simenon, Ray Bradbury o Roberto Bolaño, sino en que no hay otra cosa que “traductores”. Una voz propia sólo puede nacer de la vernaculidad, del territorio, de la cuna, o como quieran denominarlo. La singularidad de los grandes escritores consiste en mostrarnos algo nuevo, un lenguaje nuevo pero también un mundo que hasta ese momento desconocíamos. Sé que en momentos de globalización ese mundo está al alcance de la mano y podríamos –de hecho muchos ya lo hacen– escribir desde Londres, Shangai, Buenos Aires. Los personajes –esto nos enseña la globalización– no cambian mucho de nación a nación: todos quieren las mismas cosas, tienen las mismas carencias, contestan el mismo celular, visten los mismos jeans. Bueno, yo no comparto esto, pero si lo compartiera, tendría que conceder que la literatura se ha convertido en un lugar común. En otras palabras, ha desaparecido. Pero como por alguna estúpida razón no quiero que desaparezca la literatura, insisto en esto de sacar lo criollo que todos los escritores llevamos dentro. Y si este intento fracasa, “mala cueva”, dijo al conejo. Al menos se habrá enfrentado.

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